Muestra de Libros dedicados y ediciones príncipe (23 de noviembre a 5 de diciembre 2018)

¿Qué es un libro?, ¿qué es un libro antiguo? ¿cómo diferenciarlo, en términos de valoración académica o mejor aún, afectiva, de cualquier otro libro, por ejemplo, de consulta de autopartes?. En un artículo sobre el tema, Yessica Rojas (UNAM) lo define como “el resultado de una serie de procesos completamente manuales o artesanales, tanto en la composición como con valor histórico, estético, y de conocimiento a disposición principalmente de la investigación. Representa una idea cultural compartida por todas las sociedades” (2010). Esta definición nos acerca a una histórica contienda de muros normativos con la intención de asir una referencia conceptual cuya naturalidad no enfrenta demasiados conflictos en nuestra mente, cuando es enunciado con alguna finalidad. La reflexión personalísima que inspiró la muestra de libros, que se encuentra instalada en recepción, parte de este hecho.

       Gastón Bachelard, el filósofo de la expresión literaria, al escribir acerca de la imaginación, se refiere a ella como la facultad de deformar las imágenes suministradas y, sobre todo, la facultad de librarnos de las imágenes primeras. Así, percibir e imaginar son antitéticos como presencia y ausencia.

       Pensar en un libro firmado por su autor, o ver la primera edición de ellos, no es solamente la posibilidad de percibir la materialidad del objeto. El volumen no es tal si está en una pantalla, aunque sea trazado con tinta digital; lo que hay más allá de las tapas y las dedicatorias es La experiencia. Al observar, por ejemplo, la E invertida en la portada que Vicente Rojo diseñó para la primera edición de Cien años de soledad y que por azares del destino no llegó a tiempo para la primera impresión del libro en Argentina, para muchos es un enigma lleno de significados oscuros y misterios, para otros es la historia que al respecto narra el ilustrador, quien trazó de esta manera la letra “para acentuar el carácter popular del rotulista que había hecho el letrero y se había equivocado”; añade en una entrevista que él siempre ha imaginado que la portada, “en su viaje de México a Buenos Aires se detuvo en Macondo para que allá aprobaran o no aprobaran la portada del libro”.

       Cuando recibí los libros por la cortesía de sus propietarios, Luis Vicente de Aguinaga quiso saber cuáles eran los que ya estaban listos. Al saber de Un cielo avaro de esplendor, me contó que Jenaro Talens le escribió a su hijo Matías, cuando era apenas un bebé, un poema que terminó dando título al volumen. El libro, sin embargo, llegó dedicado a esta muestra desde la colección de María Cristina Preciado, que seguro nos contaría una historia totalmente diferente que en algún momento se cruza con la que he referido, e infinitas otras. Encontrarán, por ejemplo, una edición de Varia invención de Juan José Arreola, que fue adquirida por $30 pesos en un tiradero local hace poco y está dedicada por el autor a una mujer desconocida por nosotros. Las historias como estas siguen y siguen.

       A lo que voy con todo esto, es que particularmente en los libros que hemos seleccionado queda de manifiesto, de una manera mucho más evidente el carácter propio del relato, que los transforma en entes dinámicos llenos de vida. Es el relato lo que de hecho hay en la literatura, es lo que nos apasiona y la hace parte de nosotros. Paul Ricoeur en los Ensayos de Hermenéutica, explica cómo este posee un mecanismo tal que le permite, al carecer de contexto material inmediato, crear y recrear el suyo propio en el plano de la imaginación, estrechamente ligada a la afectividad. Al respecto, respalda Bachelard que esto acontece cuando una cosa sentimental, íntima, se convierte en una en una causa formal para que la obra tenga la variedad del verbo, la vida cambiante de la luz.

         Así, entre los relatos propios de los libros y los que se van construyendo en su devenir por el mundo, se trazan infinitas conexiones que tienen más de afectivas que de intelectuales. Ellos son los que constituyen el complejo mundo que no es, en absoluto el material: es el de la memoria. El vehículo, el medio, es el libro, el arrugado, el roto y el que tiene manchas de moho, el que tiene el trazo sencillo de una flor, nombres misteriosos escritos en la portadilla y caligrafías irregulares que nadie certificará son del autor, pero confiamos inmensamente en la historia de cómo llegó a nuestras manos, y en ello radica su más alto valor. Un medio material para la imaginación inmaterial.

 

Año
2018